Sergio Garcia Esteban Blog

Noticias y reflexiones

Mi nombre es Sergio García Esteban, escritor y autor de Cerca de mí.

La oferta

Escrito por SergioGarciaEsteban 02-05-2017 en Microrrelato. Comentarios (0)

—Léelo otra vez —dijo la joven.

—Lo he hecho ya más de seis veces, Claire —respondió Samantha. 

—¡Es igual! ¡Léelo de nuevo! —le ordenó. No soportaba que le llevasen la contraria. 

—Está bien…



Tienda de animales especializada en la adopción de perros y gatos busca dependiente para su centro en Wilmington, Delaware. Se ofrece jornada parcial en turno rotativo de mañana y tarde, sueldo fijo y posibilidades de ascender en una gran empresa. 

Los requisitos para optar al puesto son: Buena presencia, estar acostumbrado a tratar con clientes y, sobre todo, sentir pasión por los animales. 

Interesados, pónganse en contacto con William Further a través del siguiente correo electrónico: williamf153@yahoo.com



Cada vez que Samantha lo leía, a Claire le daba un vuelco al corazón. Llevaba varios años trabajando en aquella tienda de animales junto con Samy, que era como cariñosamente llamaban a Samantha, y Susan. Ella era la más veterana y esperaba que, cuando despidieron a su encargada Rebecca, una mujer a la que solo le importaba colocarse fumando crack con su novio Brad, le ofreciesen ocupar ese puesto, pero no fue así. En su lugar, cogieron a una persona que no había trabajado nunca en una tienda de ese estilo, un mindundi de tres al cuarto que se hacía llamar a sí mismo artista polifacético. Pintaba unos cuadros que eran realmente espantosos y ofrecía recitales de una poesía que solo le podía gustar a aquellas personas que estuviesen más puestos que el novio de Rebecca. Pero lo peor de todo era que, aunque su nombre era Jack, obligaba a todo el mundo a llamarle simplemente J. 

J. llevaba apenas dos meses en la tienda cuando, sin motivo aparente, había aparecido un anuncio en una conocida web de empleo de los Estados Unidos. Él decía que no había tenido nada que ver y que no le había dicho nada malo de ninguna de ellas al señor Further, su supervisor, pero Claire sabía que eso no era así. Sabía que el señor Further y él habían ido juntos al instituto y que, cuando cerraban la tienda, se quedaban dentro bebiendo cerveza y dándole de comer ratones a las serpientes. Ella sabía que J. aprovechaba esos instantes de intimidad con su amigo para hablar mal de las tres; decía que eran unas incompetentes y que, con la gestión que había, no sabía cómo había podido permanecer tanto tiempo aquella tienda abierta. 

—Te lo aseguro —decía J. una y otra vez—, cuando llegué aquí estaba todo hecho un desastre, Bill. 

J. era un hombre alto y desgarbado. Tenía unas incipientes entradas, un escaso cabello pelirrojo y unas gafas de pasta negras. Cuando se quitaba el uniforme, solía llevar pantalones de deporte y camisetas de grupos de los ochenta. 

—Por eso precisamente estás aquí, Jack —respondía a su vez el señor Further—, para que hagas que esto salga adelante. Si no lo consigues, me echarán a la calle.

William Further, el supervisor de los establecimientos que la cadena de tiendas tenía en Delaware, era todo lo opuesto a su amigo Jack. Era bajito y tenía sobrepeso, además de tener una abundante mata de pelo rubio y unas mejillas sonrosadas. Casi siempre iba vestido con traje y corbata pero, cuando se quedaba a charlar con J., se quitaba la chaqueta y se arremangaba la camisa, además de aprovechar para fumar un cigarrillo tras otro. 

—Oye, Bill —decía Jack al tiempo que habría una nueva lata de cerveza—, ¿sabes de qué va Like a virgin?

—¡Siento llegar tarde! —dijo una voz femenina que hizo volver a Claire de su ensimismamiento. 

Susan acababa de sentarse en la mesa de la cafetería en la que estaban Samantha y ella; ocupó el sitio que estaba al lado del de Claire y enfrente del de Samy. Habían elegido la mesa idónea, pues podían espiar lo que ocurría en la tienda de animales, que estaba en la acera de enfrente, pero no podían verlas desde fuera. 

—Siempre llegas tarde, Susan —añadió Samantha. 

—¡No siempre lo hago! Eres muy injusta conmigo —se defendió la recién llegada. 

De las tres, Susan era la más joven y atractiva. Acababa de cumplir los diecinueve y estaba cursando su segundo año en la universidad; aún no tenía claro en qué quería especializarse pero, desde que trabajaba en aquella tienda, se sentía cada vez más y más atraída por la veterinaria. Era una joven esbelta y castaña, con unos preciosos ojos verdes y una inocencia en la voz que encandilaba a cualquier cliente. 

—Sí que lo haces —respondió de nuevo Samantha. 

Samy, al contrario que Susan, tenía una mirada fría y dura que solía asustar a la gente que entraba en la tienda. Era una mujer afroamericana que, en sus apenas veintiocho años, había sufrido mucho más que la mayoría de las personas. Se había quedado embarazada cuando aún iba al instituto y, ahora, se veía obligada a aceptar cualquier trabajo para poder dar de comer a su pequeño. 

—¿Quieres tomar algo, encanto? —inquirió Doris, la camarera.

—Sí, tráeme unas tortitas con sirope de chocolate —pidió Susan

—Eso es, encima ponte a comer y pasa de todo. 

—¡Callaos de una vez! —ordenó Claire. 

Claire tuvo que dejar la universidad y ponerse a trabajar en aquella tienda para poder cuidar de su padre enfermo. Al principio pensaba que se trataría de algo temporal pero, cinco años después, seguía ocupando el mismo puesto y atendiendo una y otra vez a los mismos clientes. Tenía una ondulada melena rubia, unos ojos azules y una piel tan pálida que muchos pensaban que tenía albinismo. Sus dos compañeras la respetaban porque era la más veterana y la que, sin lugar a dudas, más cosas sabía. Con veintitrés años recién cumplidos, y aunque era una cosa de la que no le gustaba presumir, se había convertido en una experta en el cuidado de animales domésticos. 

—¿Qué pasa? —inquirió Susan.

—Mirad —dijo Claire señalando hacia la acera de enfrente. 

El señor Further acababa de salir de la tienda y había sacado un paquete de tabaco del bolsillo interior de su chaqueta. Mientras se encendía un cigarrillo, una mujer se acercó a él y le saludó con un sobrio apretón de manos. Era mayor, más que ellas tres, y parecía de Europa del este. 

—¿Quién es esa? —preguntó Samantha. 

—Debe de venir a la entrevista —contestó Claire.

—¿Iban a hacer entrevistas hoy? 

 —¡Claro! —dijo de pronto Susan —. Por eso nos han dado hoy la mañana libre a las tres. 

Las jóvenes se quedaron observando la escena. William Further charló unos instantes con la mujer que acababa de llegar.

—Ojalá pudiésemos oír lo que están diciendo… —se lamentó Susan. 

—¡Cállate! —ordenó Claire—. Al menos podemos ver lo que hacen. 

En ese instante, el señor Further abrió la puerta de la tienda, se hizo a un lado para que pasase su acompañante y, después, entró él también en el interior. 

—Estupendo… —se lamentó Samantha al tiempo que daba un golpe en la mesa. 

Doris trajo las tortitas de Susan pero, al ver la cara de las tres, decidió seguir atendiendo las mesas y no preguntar. Si algo había aprendido en el tiempo que llevaba trabajando de camarera era que no debía meterse en la vida de los clientes. 

—Tenemos que entrar ahí —dijo Claire.

—¿Qué? —se sorprendió Samantha—. Si nos vieran entrar a las tres a la vez sería demasiado sospechoso. Además, la única que trabaja hoy es Susan y su turno no empieza hasta dentro de cuatro horas. 

Permanecieron un instante en silencio. 

—Entonces tiene que entrar ella —sentenció Claire señalando a Susan.

—¿Quién? ¿Yo? —inquirió la susodicha, a la que lo único que le preocupaba era comerse sus tortitas antes de que se enfriasen. 

—¡Claro, estúpida! ¿Quién si no?

—¡Sí! —afirmó Samantha—. Solo tú tienes una excusa para estar hoy en la tienda. 

A Susan no le hacía ninguna gracia entrar allí. Era cierto que tenía que ir a trabajar, pero su turno, como había comentado Samantha, no empezaba hasta mucho más tarde. ¿Qué diría el señor Further si la veía aparecer tan pronto? 

—¡Mirad! ¡Viene otra! —exclamó Claire.

Las tres volvieron a centrar la atención en lo que estaba sucediendo al otro lado de la calle. Una mujer, también mayor que ellas, acababa de pararse frente a la tienda y rebuscaba algo en el interior de su bolso. Llevaba una camisa blanca ceñida, unos pantalones ajustados y unos botines negros. 

—¿Vendrá por la entrevista? —preguntó Susan con su habitual inocencia. 

—¿Para qué si no? —dijo Samantha—. No tiene pinta de venir a comprar comida para su canario. 

Frente a la tienda, la mujer había sacado de su bolso un pintalabios y, aprovechando el reflejo del escaparate, comenzó a pintarse los labios. Cuando terminó, lo guardó de nuevo en el interior de su bolso, se ajustó la camisa y entró en el interior del local. 

—¡Maldita sea! —exclamó Claire—. Me muero de ganas de saber qué está pasando ahí dentro. 

Susan, que había terminado sus tortitas, dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato y comenzó a limpiarse la comisura de los labios con una servilleta de papel. 

—¿Creéis que están buscando a gente nueva porque nos van a despedir? —inquirió Samantha.

—No lo sé —respondió Claire. 

—No puedo quedarme en la calle, ahora no. Mi hijo necesita ropa nueva. 

—A mi padre le han puesto un nuevo tratamiento que es más caro… 

Susan permanecía en silencio, mirando fijamente el plato en el que, instantes atrás, estaban sus tortitas. 

—¿Qué pasa? —le dijo Samantha—. ¿Te da igual? 

—¿Qué? —inquirió levantando la vista—. ¡No! ¡Claro que no!

—Estás muy tranquila, Susan. ¿Sabes algo que no nos has contado?

—No, yo no… —la joven se puso roja por los nervios. 

—¡Susan! —exclamó Claire—. Si sabes algo, deberías decírnoslo. 

—Pero yo no sé nada. 

Susan mentía. Sabía de buena mano que estaban buscando gente, de hecho se había enterado mucho antes que sus compañeras, pero no se lo había dicho a nadie. El señor Further y J. estaban cansados del ambiente que había en el trabajo y estaban dispuestos a terminar con el problema de raíz; no les importaba despedir a sus tres empleadas si era necesario. Ella encontró la oferta de casualidad, una noche mientras navegaba por internet buscando comida para su cobaya. Desde aquel instante, trató de sonsacarle toda la información posible al señor Further. Sabía que William iba detrás de ella; había llamado su atención desde que entró a trabajar allí y ahora iba a utilizar eso a su favor. Quería conservar su empleo a toda costa, así que una noche, justo una semana antes de que sus compañeras se enterasen de la oferta, decidió aprovechar que J. no estaba y que tenía que cerrar la tienda con el señor Further. 

Fue a su despacho, que estaba al fondo del almacén, pasando los estantes donde apilaban la comida para perros, llamó a su puerta y, sin recibir respuesta, entró.

—¿Qué pasa, Susan? —inquirió el supervisor, que estaba sentado en su silla de cuero de imitación, al otro lado del escritorio. 

—Verá, señor Further… —comenzó a decir— estoy preocupada por una cosa.

—¿Qué te ocurre?

La joven se sentó en la mesa y se acercó a su interlocutor. 

—Es que he visto en internet que estáis buscando nuevos dependientes para la tienda —dijo al tiempo que jugueteaba con su corbata—. Estoy muy asustada, no quiero perder mi trabajo.

—Bueno… —Bill comenzó a sudar. Sentía cómo el corazón se le aceleraba y le costaba encontrar las palabras—. Puedes estar tranquila, Susan, cariño; tu puesto de trabajo está a salvo. Son tus dos compañeras las que…

—Sí, pero eso son solo palabras, señor Further —dijo acercándose aún más a su supervisor—. Si hubiese algo que yo pudiese hacer para que usted me hiciese un contrato fijo…

—Bueno, yo… 

En aquel instante, Susan se puso de rodillas, desabrochó los pantalones del señor Further y… salió del despacho con un contrato fijo recién firmado. 

—¿Estás segura? ¿No hay nada que tengas que contarnos? —preguntó Samantha. 

—No, yo no sé nada —dijo una vez más Susan. ¿Se habrían enterado de algo? 

En ese momento, una nueva candidata entraba en la tienda de animales. 

—¿Otra más? —dijo Claire. Estaba comenzando a desesperarse. Se levantó de la silla—. Voy a la tienda.

La mujer quiso andar, pero Susan se lo impidió.

—No, Claire, esa no es la solución. 

—¿Y qué propones? ¿Quedarnos aquí para ver cómo van llegando cada vez más y más mujeres?

—Claire tiene razón —dijo Samantha—. Ni siquiera nos han informado de la oferta. Trabajamos en esa tienda, ¡vamos a exigirles una explicación! 

—Pero… —Susan no sabía muy bien cómo retenerlas. 

—¿Qué pasa? —inquirió Claire—. ¿Por qué no quieres entrar?

—Por nada —se defendió.

—Yo te diré por qué —dijo la otra mujer—. Porque se tira al señor Further.

—¿Qué? ¡Yo no hago eso!

—¿Te has tirado al señor Further? —preguntó Claire.

—¡No!

—Sí que lo has hecho, veo cada día cómo coqueteáis —le recriminó Samantha.

—¡Yo no coqueteo con el señor Further!

—¡Sí que lo haces! —exclamó Samy al tiempo que se levantaba de la silla. 

Ahora las tres mujeres estaban de pie. Con sus gritos, habían conseguido que todos los clientes de la cafetería, además de Doris, se girasen para ver qué estaba ocurriendo. 

—¡Eres un zorra, Susan! —dijo Claire—. ¡Te has acostado con el supervisor solo para que nos eche a nosotras!

—¡Seguro que lo de la oferta es cosa tuya!

—¡Yo no he hecho nada de eso! —Susan estaba poniéndose nerviosa. 

—¡Vamos! ¡Dinos la verdad!

Samantha apoyó una mano en la mesa y, con la otra, agarró por la pechera a Susan. La joven reaccionó de manera inmediata: cogió el tenedor con el que había estado comiéndose las tortitas y se lo clavó a Samy en la mano que tenía apoyada en la mesa. Instintivamente, la mujer la soltó y se retorció de dolor. 

—¿Qué haces? —preguntó Claire al tiempo que empujaba a Susan. 

Las mujeres comenzaron a forcejear. Samantha se sacó el tenedor de la mano y se lanzó a por Susan. Al verse en desventaja, la joven agarró el cuchillo y se lo clavó en el esternón a Claire, quien se derrumbó en el suelo haciendo añicos su silla. Samy le clavó el tenedor en el ojo a Susan, que comenzó a chillar con todas sus fuerzas. Agarró el plato de las tortitas, que aún tenía manchas del sirope de chocolate, y se lo estampó en la cabeza a Samantha, que cayó a un lado mareada. Ninguno de los presentes daba crédito a lo que estaba pasando. 

A tientas, y sin atreverse a sacarse el tenedor del ojo, Susan se encaminó hacia la puerta. Quería llegar a la tienda y avisar al señor Further; él llamaría a la policía y lo arreglaría todo. La sangre le cubría todo el rostro y no podía discernir lo que ocurría a su alrededor con claridad, por lo que no pudo ver que Samy iba a por ella con un pedazo del plato de las tortitas en su mano. Se abalanzó sobre Susan y la tiró al suelo. Se puso encima de ella y trató de clavarle el trozo de plato en el pecho. La mujer trataba de zafarse de su agresora como podía pero, como apenas podía ver nada, le resultaba muy complicado. 

En el forcejeo, Samantha consiguió hacerle un corte en el cuello a Susan, que comenzó a sangrar de forma vertiginosa. Ésta, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, empujó a su agresora, que se golpeó la cabeza con una mesa cercana y quedo tendida en el suelo, completamente inmóvil. 

Susan comenzó a arrastrarse en el suelo tratando de llegar a la puerta pero, como había perdido mucha sangre, apenas avanzó unos centímetros antes de fenecer en el suelo de aquella cafetería. 

En la acera de enfrente, en la tienda de animales, el señor Further comenzaba a hablar con una de las candidatas. 

—Y bien, ¿por qué está interesada en la oferta? 


Los cuentos del gato

Escrito por SergioGarciaEsteban 12-04-2017 en Microrrelato. Comentarios (0)

Aquella noche se había hecho más tarde de lo normal. Una vez más, Edward se iba a la cama dejando la hoja, en la que había pasado horas intentando escribir, completamente en blanco. Habían pasado ya varios años desde que su primera y exitosa novela, Los cuentos del gato, se convirtiese en un best seller mundial. Lejos quedaban ya aquellas interminables colas en sus firmas de libros, las multitudinarias presentaciones en los grandes almacenes, las entrevistas en los medios de comunicación... ahora todo el mundo se preguntaba qué había sido del prometedor Edward Flare; ahora, el gato de sus cuentos le observaba cada noche desde lo alto de la estantería. Allí estaba, plasmado en la portada de la que fuese su gran obra, con aquellos enormes ojos amarillos, cogiendo cada día más y más polvo y recordando las viejas glorias de un tiempo pasado.

Pero aquella noche en la que Edward se marchó a la cama, una vez más, sintiéndose derrotado, algo no era como de costumbre. Esa noche, cuando el escritor observó sus cuentos en la estantería, el gato no estaba allí.

—Pero... ¿qué? —dijo para sí.

Fue solo un instante. Se frotó los ojos y, cuando apartó las manos, allí estaba de nuevo aquel gato, observándole con sus ojos amarillos, como cada noche antes de dormir. Supuso que el cansancio y la frustración le habían jugado una mala pasada, así que se dispuso a ponerse el pijama para meterse en la cama de una vez por todas. Dio la espalda a la estantería y comenzó a desabotonar su camisa.

—¿Qué te ha pasado, Edward? —dijo una voz tras él.

Sobresaltado, el hombre se dio la vuelta y observó en rededor. No vio nada raro allí, nadie que pudiese haber emitido aquellas palabras. Estaba demasiado cansado, necesitaba dormir. Apagó la luz y, a tientas, se tumbó en la cama y se tapó con las sábanas, deseando que el día siguiente fuese mejor que el que estaba a punto de terminar.

El despertador le trajo de vuelta a la realidad. En su sueño, el gato de sus cuentos se había presentado ante él, diciéndole que tenía una idea genial con la que volvería a escribir, pero había despertado antes de que pudiese contársela. Aquella mañana tenía que reunirse con sus editores quienes, cansados de esperar a que les presentase una nueva novela, habían decidido acudir directamente a su domicilio para hablar con él en persona. El simple hecho de tener que verles hizo que a Edward se le hiciese un nudo en el estómago que le impidió probar bocado en el desayuno.

Se dio una ducha rápida, adecentó lo máximo que pudo su pequeño apartamento y se sentó a esperar que llegase la hora en la que tendría que enfrentarse a la cruda realidad. No había escrito nada bueno en años y era el momento de decírselo a los responsables de la editorial.

El reloj marcaba la nueve menos cinco de la mañana cuando volvió a escuchar esa voz, aquella voz que le había sobresaltado la noche anterior. Una vez más, y con el mismo tono, volvió a pronunciar aquellas palabras.

—¿Qué te ha pasado, Edward?

Esta vez no había dudas. No era fruto de su imaginación, lo había escuchado de verdad. La voz provenía de lo alto de la estantería, donde estaban los cuentos del gato, y donde, una vez más, el animal de la portada había desaparecido. Se puso de puntillas para agarrar su libro y, al hacerlo, una vez más escuchó aquella voz.

—Oye, ¡trátame con más cuidado!

No lo podía creer. ¿Era cierto aquello que acababa de oír? ¿El libro estaba hablando? Con el corazón en un puño, observó con detenimiento la portada. Las letras del título estaban allí, pero no había ni rastro del gato. Faltaban tres minutos para las nueve de la mañana cuando, sin saber muy bien por qué, agitó su novela.

—¡Ehh! ¡No hagas eso! —se quejó el libro.

Asustado y soltando un grito ahogado, lanzó los cuentos del gato por los aires y dio un paso atrás. La obra cayó estrepitosamente en el suelo y se abrió de par en par.

—¡Eso duele, idiota! —dijo una vez más.
—No lo puedo creer —expresó Edward más para él que para nadie más—. Me estoy volviendo loco. O eso, o aún sigo durmiendo y esto no es más que un sueño.
—No, imbécil, no estás durmiendo —dijo otra voz diferente tras él.

El escritor se dio la vuelta para ver quién había hablado esta vez. Allí estaba, mirándole con aquellos ojos amarillos, el gato de la portada. Eran las ocho y cincuenta y ocho minutos de la mañana cuando Edward Flare pensó que había perdido definitivamente el juicio.

—¿Scott? —preguntó el hombre en un susurro.
—Sí, soy yo, Scott —respondió el gato—. Siempre me he preguntado por qué me pusiste ese nombre, ¿no se te ocurrió nada más apropiado para un gato?
—Ehh... yo —comenzó a decir el escritor.
—Bueno, no hay tiempo para eso, estoy aquí por otra razón —dijo Scott antes de que su creador pudiese decir una palabra más—. Tengo que contarte una cosa, Edward.
—¿Y cuál es esa razón?
—Te lo diré sin rodeos, Edward, sobre ti ha caído una maldición.
—¿Qué? —El hombre no podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué no has vuelto a escribir nada bueno desde que me creaste a mí?
—Todos los días —respondió el escritor—, ¿estás insinuando que no he vuelto a escribir porque...?
—Estás maldito, sí —confirmó el gato—, y tenemos que hacer algo cuanto antes si queremos acabar con la maldición.
—¿Algo? ¿Cómo qué?
—Métete dentro del libro —ordenó Scott.
—¿Qué? ¿Estás de broma? He quedado con los editores a las... —miró el reloj, que marcaba las ocho y cincuenta y nueve de la mañana—. nueve en punto. ¡Llegarán de un momento a otro!

Justo en aquel momento sonó el timbre de la puerta.

—Aquí están —afirmó Edward mientras se encaminaba hacia la entrada.
—No abras —dijo el gato—. Si lo haces, jamás podremos destruir la maldición que pesa sobre ti.

El escritor se detuvo en seco.
—¿Por qué dices eso? —inquirió.
El timbre sonaba cada vez con más insistencia.

—Porque esos no son los editores.

Justo en ese instante, la puerta salió disparada de sus goznes y quedó hecha añicos. A través del hueco que había quedado en la pared entraron dos encapuchados a los que no se les veía el rostro.

—¡Entra en el libro, rápido! —gritó Scott.
Los encapuchados, que avanzaban lentamente, estaban cada vez más cerca de Edward.

—¿Cómo pretendes que haga eso? —preguntó el escritor al tiempo que daba un paso atrás.
—¡Haz lo mismo que yo! —respondió.

Con un ágil salto, el felino se posó sobre la novela, que seguía en el suelo abierta de par en par y, al instante, comenzó a hundirse en ella, como si las páginas fuesen arenas movedizas.

—Esto no puede estar pasando —dijo el hombre justo antes de saltar sobre las páginas de su obra.

Enseguida se hundió en ellas y comenzó a descender a través de lo que parecía ser un túnel oscuro. No veía nada y apenas podía respirar debido a la velocidad a la que se movía. Bajo sus pies comenzó a atisbar un claro de luz, que se fue haciendo más y más grande e intenso a medida que se acercaba a él. De golpe, la luz invadió todo y le cegó por completo. Abrió los ojos y alcanzó a vislumbrar lo que parecía ser una enorme montaña con una cascada. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en el aire; había caído a través de un túnel y ahora estaba suspendido en el aire, varios metros por encima de un río. Cayó rápidamente y se sumergió por completo en las aguas heladas de aquel lugar.

Mientras permanecía bajo el río, abrió los ojos y observó delante de él lo que parecía ser un tritón enorme con un tridente en la mano. Intentó gritar, pero solo consiguió expulsar el poco aire que había conseguido inspirar antes de sumergirse en las profundidades de aquel lugar. Nadó lo más rápido que pudo haya la superficie y, cuando lo hizo, pudo por fin llenar de nuevo sus pulmones de aire. Antes de que pudiese ver bien dónde estaba, alguien le agarró por la espalda y tiró de él hacia arriba, depositándole en la orilla. Jadeante, abrió los ojos y pudo comprobar que quien le había sacado del agua era un oso gigante lleno de cicatrices y con una expresión seria. Llevaba una armadura magullada y atada a su cinturón, una espada con la hoja bastante mellada.

—Gracias, Don —dijo Scott, que al parecer había ordenado al oso que salvase a Edward —. Si no llega a ser por ti, se habría ahogado.
—No hay de qué —respondió el oso—. Siento no poder seros de más ayuda, pero no podría entrar en la biblioteca aunque quisiera.

—¿La biblioteca? —inquirió Edward tosiendo; había tragado algo de agua.
—Tranquilo, Don, nos encargaremos nosotros —respondió el gato— Vamos, Edward, te lo explicaré por el camino.

El escritor se puso en pie y siguió al felino a través de un sendero que se alejaba del río. Caminaban hacia el oeste a través de una enorme pradera, dejando atrás la montaña con la cascada que había visto cuando llegó a aquel lugar.

—Scott, ¿podrías contarme qué está pasando? —solicitó el hombre.
—¿Recuerdas tu última firma de libros? —preguntó el gato sin dejar de mirar al frente. —Sí, aunque fue hace...
—Dos años —terminó Scott—. Allí empezó todo. Seguro que aún no has olvidado al hombre que intentó estrangularte porque decía que le habías plagiado.
—Imposible olvidarle. Tuvo que intervenir la policía para que me soltase... ¡menudo loco! —Pues bien, ese loco... no estaba tan loco.
—¿Cómo dices? —Inquirió Edward deteniéndose en seco.
—¿No te suena de nada este sitio en el que estamos? —preguntó el gato.

El escritor observó con más detenimiento el lugar en el que se encontraban.

—¿Este sitio es...?
—Sí, es Inliz —afirmó Scott—. Es el mundo que tú creaste en tu libro.
—¿Pero cómo es posible que...?
—Bueno, no sabría responderte muy bien cómo, pero así es. Inliz existe de verdad y, por alguna extraña coincidencia, tú hablaste de él en tu libro. Es un mundo que solo se presenta en los sueños de aquellos que son puros de corazón. Al escribir sobre él, hiciste que la gente no necesitase soñar para llegar aquí. Ahora, sin esos sueños, Inliz se muere, se está debilitando poco a poco.
—Vaya, no sabía nada de esto —reconoció el hombre—. ¿Y qué tiene que ver ese hombre que me atacó en la firma de libros con todo esto?
—Ese hombre es Lamart, el mago que reina en Inliz —respondió el gato—. Al ver que su mundo se estaba destruyendo trató de asesinarte pero, al no conseguirlo, te maldijo. —¿Echó sobre mí una maldición para que no volviese a escribir?
—Así es. Piensa que, si no vuelves a escribir, tu libro caerá en el olvido y la gente volverá a soñar con nuestro mundo.
—¿Y quiénes eran esos encapuchados que han entrado en mi casa?
—Sus secuaces, se ha enterado de que te este ayudando y quiere impedirlo.

Todo aquello había cogido a Edward por sorpresa.

—Vaya... Y, exactamente, ¿para qué me has traído aquí? —inquirió el escritor.
—Bueno, yo creo que sería mejor tratar de romper la maldición que dejarte morir de hambre siendo un escritor fracasado.
—¿Cómo vamos a hacer eso?
—Nos colaremos en su biblioteca, es allí donde guarda su libro de hechizos —afirmó el felino—. Solo tenemos que destruirlo y todo esto habrá terminado.
—De acuerdo, hagámoslo.
—Solo hay una cosa que debes saber, Edward.

El hombre tragó saliva.

—¿De qué se trata?
—Si destruimos el libro de hechizos y acabamos con la maldición... Puede que tu vida cambie por completo. Es posible que nunca hayas escrito Los cuentos del gato, puede incluso que ni siquiera seas escritor. No sé muy bien qué te deparará el destino si hacemos esto, solo sé que Inliz se salvará.

Edward lo meditó un instante. —Hagámoslo —dijo con tono decidido.

Avanzaron con paso firme hacia su destino, la biblioteca de Lamart, en la ciudad de Dorothe. A medida que se iban acercando al lugar, la temperatura iba en descenso. Llegaron incluso a encontrarse con alguna tormenta, lo que les obligó a correr para resguardarse. En las entradas de Dorothe había más encapuchados como los que habían entrado en la casa de Edward.

—Vamos a tener que tomar el pasadizo secreto —dijo Scott—. ¡Por aquí!

El gato se alejó de la ciudad y guió al escritor hacia un bosque cercano. Estaba anocheciendo, cada vez había menos luz y costaba bastante vislumbrar dónde estaban pisando. De pronto, algo delante de ellos llamó la atención de Edward. En mitad de un claro había una enorme estatua de un hombre alzando una espada.

—Es un antiguo rey de Inliz —expresó el felino al ver la cara de su acompañante—, su nombre es...
—Adalberth Guils —dijo Edward antes de que el gato pudiese responder.

Scott, que no esperaba esa respuesta, observó con expresión curiosa al escritor.

—¿Le conoces? —dijo cuando por fin salió de su asombro.
—No estoy seguro —respondió el hombre—. Hace varios meses pensé en continuar con la historia de Inliz. Se me ocurrió la idea de que un antiguo rey hubiese escondido una espada mágica que otorgase un enorme poder a su poseedor.
—Esa es la espada de Guils. La leyenda dice que es la más poderosa del reino, pero nadie sabe dónde se encuentra.

Ambos permanecieron un instante en silencio, observando la estatua del antiguo monarca.

—¿Tú sabes dónde está? —inquirió de pronto el gato.
—No —respondió Edward con sinceridad—. Solo pensé en esa idea. Quizás si hubiese escrito algo...

En aquel instante comenzaron a salir al claro del bosque un gran número de encapuchados. Rápidamente, y sin que pudiesen hacer nada, Scott y Edward se vieron completamente rodeados.

—Rendíos —ordenó uno de los encapuchados, con voz ronca, al tiempo que blandía una espada.
—No tenéis nada que hacer —dijo otro que estaba a su derecha.

Hombre y gato comenzaron a caminar hacia atrás hasta que se toparon con la estatua del rey.

—Yo me encargo de esto, Edward —dijo Scott en un susurro—. Ahora golpearé la estatua y ésta dejará libre un pasadizo. Entra en él y avanza hasta encontrar una puerta; cuando la cruces, estarás en la biblioteca de Lamart. Solo tienes que encontrar el libro de hechizos y destruirlo.

—¿Pero cómo pretendes que haga eso? —Inquirió el escritor, que estaba completamente asustado.
—Tú has creado este mundo, ¿no? Seguro que sabes cómo hacerlo.

Sin dar opción de réplica a su compañero, Scott se abalanzó sobre la estatua y, con un ágil movimiento, golpeó en la frente del rey. Al instante, la escultura se apartó a un lado y dejó libre una pequeña abertura en el suelo.

—¡Ahora! —gritó el gato.

Edward se introdujo en el pasadizo y, tras hacerlo, la estatua del rey volvió a su posición original. Antes de que el agujero se tapase por completo pudo observar cómo los encapuchados se abalanzaban sobre Scott, impidiéndole escapar.
Asustado y sin saber muy bien cómo iba a cumplir su cometido, avanzó a tientas por el único camino que había. Allí abajo, el ambiente era denso y el calor insoportable, lo que hizo que comenzase a sudar y que desease con todas sus fuerzas salir de aquel lugar. Comenzó a correr. La persona, si es que se le podía llamar así, que le había llevado a ese mundo ya no estaba con él y se sentía completamente perdido. A pesar de lo que le había dicho Scott, no tenía ni idea de lo que debía hacer.

Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no se dio cuenta de que, delante de él, estaba la puerta de la que le había hablado el gato, así que se golpeó de bruces contra ella y cayó en el suelo boca arriba. Dolorido, se levantó lentamente del suelo y se dispuso a cruzar el umbral que le separaba de la biblioteca de Lamart. Giró lentamente el picaporte y avanzó de la manera más sigilosa que pudo. Al otro lado encontró una sala enorme, con altos techos y estanterías llenas de libros. Unas lámparas, que sobresalían de las paredes, proyectaban una luz tenue que daba al lugar un aire fantasmal; el silencio, además, era inquietante, lo que no ayudaba a que el ambiente se volviese más acogedor. Caminó lentamente, observando cada detalle del lugar. Se preguntó cuál de todos aquellos libros sería el que había venido a buscar, pero no tardó mucho en responder él mismo a su pregunta. Al otro lado de la sala, apoyado sobre una especie de atril, estaba el manuscrito del hechicero. Avanzó a grandes zancadas hasta él y, cuando por fin estuvo delante, lo agarró con ambas manos.

—¿Y ahora qué? —dijo en voz alta.
—Ahora es cuando esto termina —respondió una voz tras él.

Edward se dio la vuelta y observó al hombre que había pronunciado esas palabras. Era un hombre alto, con una tez pálida y unas pronunciadas ojeras. Vestía una larga túnica negra que le cubría todo el cuerpo y, en su mano derecha, llevaba un enorme báculo. No hicieron falta presentaciones, pues sabía muy bien quién era; ante él tenía a Lamart, el hechicero de Inliz. El hombre que hace dos años intentó asesinarle.

—Ríndete, Edward, no puedes hacer nada —dijo Lamart.
—Lo cierto es que no sé muy bien qué hacer, pero no pienso rendirme. —Tú lo has querido —respondió.

Con su báculo, Lamart lanzó un enorme rayo sobre él que impactó de lleno en su pecho y le hizo caer de bruces contra el suelo. El libro de hechizos salió volando y cayó junto a una estantería. Edward se levantó del suelo, observó al hechicero, que le apuntaba con su báculo, y de golpe supo qué hacer. Él había escrito aquel mundo, así que podría reescribirlo.

—¡No puedes ganar! —gritó el hechicero.

Esquivando un segundo rayo, se abalanzó hacia el libro de hechizos y lo abrió por la última página. Sacó un bolígrafo del interior de su pantalón y escribió lo primero que se le pasó por la mente.

Todo esto no es más que un sueño. En cuanto suelte el libro, despertaré y todo habrá acabado.

En aquel momento miró a Lamart directamente a los ojos.

—Sí que puedo.

Edward soltó el libro y, cuando éste tocó el suelo, todo el lugar se hizo añicos, como si de cristal roto se tratase. Pudo oír un grito ahogado del hechicero, un último grito de quien sabe que ha perdido.

—¡Por fin despierta!

Edward abrió los ojos y las luces de neón de la librería en la que se encontraba le cegaron por completo. estaba tumbado en el suelo y había un gran número de personas a su alrededor.

—¿Qué ha pasado? —preguntó en un susurro mientras se incorporaba e intentaba abrir de nuevo los ojos.

Sentía que la cabeza le iba a explotar y le ardía la garganta.

—Un individuo ha intentado estrangularte y te has desmayado —respondió un hombre canoso—. La policía ya se lo ha llevado. Suerte que había un médico en la cola.

El escritor miró a su alrededor. No sabía muy bien cómo, pero estaba de nuevo en aquella firma de libros. Observó un cartel que tenía a su lado y leyó el título de la obra que allí aparecía.

Las crónicas de Guils.

Se levantó del suelo y, a través de las ventanas de la librería, observó la calle; hacía un día radiante y la gente caminaba alegremente. Pero, más allá de todo aquello, algo llamó su atención. En la acera de enfrente, al lado de unos cubos de basura, un gato con ojos amarillos le observaba con atención. Edward no pudo evitar reír. El felino se dio la vuelta y comenzó a caminar. Antes de hacerlo, hubiese jurado que le había guiñado un ojo. 


Reseña La bella y la bestia (2017)

Escrito por SergioGarciaEsteban 24-03-2017 en Reseñas. Comentarios (0)

Título original: Beauty and the Beast

Año: 2017

Duración: 123 min.

País: Estados Unidos

Director: Bill Condon 

Sinopsis.

Adaptación en imagen real del clásico de Disney "La bella y la bestia", que cuenta la historia de Bella, una joven brillante y enérgica, que sueña con aventuras y un mundo que se extiende más allá de los confines de su pueblo en Francia. Independiente y reservada, Bella no quiere saber nada con el arrogante y engreído Gastón, quien la persigue sin descanso. Todo cambia un día cuando su padre Maurice es encarcelado en el castillo de una horrible Bestia, y Bella se ofrece a intercambiarse con su padre y queda recluida en el castillo. Rápidamente se hace amiga del antiguo personal del lugar, que fue transformado en objetos del hogar tras una maldición lanzada por una hechicera.

Reseña. 

Una obra mágica cobra vida en la gran pantalla. 

He de reconocer que, cuando me enteré de que iban a hacer una nueva adaptación cinematográfica de La bella y la bestia, eché a temblar. Inmediatamente vino a mi mente el bodrio que hicieron en 2014, una versión en la que Bestia parecía el primo chungo del León cobarde de El mago de Oz; donde los sirvientes, en lugar de ser objetos, eran una especie de perretes, y en la que Gastón era interpretado por un Eduardo Noriega con patillas. 

Bajo mi punto de vista, lo principal para que una adaptación sea buena es que sea fiel a su modelo, independientemente de si este es un libro, un videojuego o una película de dibujos. He de reconocer que no siempre es fácil llevar a cabo esta tarea, pues en muchas ocasiones resulta complicado reducir al tiempo que suele durar una película toda la trama de un libro, de un juego, de una serie de dibujos, etc., pero en este caso no se contaba con ese handicap, pues la película original tiene una duración de 89 minutos, algo más que aceptable. 

Partiendo de esta base, creo que la cinta cumple con la premisa, pues adapta a la perfección todo lo que se ve en la obra de Disney. Hay escenas que están literalmente calcadas del original, la caracterización de los personajes es sublime y, si la memoria no me falla, no falta ninguno de los momentos clave de la película de 1991; todo está preparado para que, durante las dos horas que dura el film, vuelvas a sentirte como un niño. 

Hablemos brevemente de las interpretaciones. Luke Evans hace un papel excelente interpretando a Gastón. Realmente llegas a odiarle por sus actos y, aunque ya sabes qué es lo que va a hacer, no deja de sorprenderte la frialdad de la que hace gala en todo momento. Maquiavelo estaría orgulloso de él pues, para el bueno de Gastón, queda claro que el fin justifica los medios. Ewan McGregor e Ian Mckellen forman un dúo espectacular. No me imaginaba a dos actores así interpretando a estos personajes, pero he de reconocer que, a pesar del papel secundario que tienen, sobre todo McKellen, lo hacen muy bien; os sorprenderá cuando los veáis en acción. Es muy interesante cómo se desarrolla la historia de amor de Bella y Bestia, el eje principal de la película, y en este sentido Emma Watson y Dan Stevens cumplen notablemente con su cometido. 

Un hecho que me llamó la atención es la forma en la que se narra la historia, pues consigue llegarte al corazón. A pesar de que, desde un primer momento, ya se sabe cómo va a terminar, resulta complicado no emocionarte cuando ves cómo cae el último pétalo de la rosa mágica. No quiero entrar en más detalles de la trama por si acaso alguien no sabe el final, pero os animo a que me contéis vuestras experiencias cuando se llega a este punto de la cinta. 

Para concluir, si tuviese que ponerle un pero a la película, sería sin lugar a dudas la recreación de los sirvientes de Bestia. No quiero decir que Lumière, Din Don, Chip o la Sra. Potts no estén bien hechos, pero sí es cierto que los dibujos originales tienen ese “toque Disney” que los hace tan característicos y que, al menos bajo mi punto de vista, le falta a los personajes que vemos en esta película. 


Una forma de demostrar cómo se debe hacer una adaptación. Muy recomendable. 

Toda la información relativa a la película ha sido consultada en Filmaffinity: http://www.filmaffinity.com/es/film861877.html


Breve reflexión de una tarde de domingo

Escrito por SergioGarciaEsteban 19-03-2017 en reflexión. Comentarios (0)

Es curioso cómo suceden las cosas. Hace apenas un año estaba totalmente inmerso en “Cerca de mí”; quería terminar la novela, verla por fin acabada después de tanto tiempo. Ahora, casi dos meses después de la publicación, y metido de lleno en la elaboración de la que, espero, será mi segunda obra, no dejan de surgirme ideas de diversos relatos de toda índole: terror, suspense, fantasía, amor… 

No quiero encasillarme en la novela romántica; me gustaría escribir otras cosas (creo que eso le habrá quedado claro a la gente que haya leído “Charles White”), explorar otros géneros en los que me sienta cómodo y ver qué va surgiendo. Tengo varias ideas en mente y, a medida que van pasando los días, van surgiendo más y más. Solo el tiempo dirá cuáles de ellas me sirven para escribir relatos y cuáles se quedan únicamente en un proyecto que nunca vio la luz. 

Mi mente ahora es un hervidero de proyectos a los que tengo que poner orden. 


Charles White - Capítulo Final

Escrito por SergioGarciaEsteban 18-03-2017 en Microrrelato. Comentarios (0)

Charles no podía creer lo que veían sus ojos. Recordaba perfectamente lo que ocurrió aquella noche, sabía que había ido con Walter a ver a Beckford y que él no había hecho nada. Cheshi había sido el culpable de todo, pero esa grabación parecía decir lo contrario. ¿Sería cierto lo que acababa de ver? ¿Realmente fue solo a su reunión con Beckford? No, eso era imposible; sabía perfectamente que había acudido allí con Walter Cheshi.

—Eso no es posible —dijo por fin—, no fue así como ocurrió.

—¿Y qué es lo que pasó según usted, Charles? —preguntó la doctora Nate al tiempo que volvía a colocar el monitor de su ordenador en la posición en la que estaba antes. 

—Ya se lo he dicho —respondió—. Walter Cheshi vino conmigo a ver a Beckford; él fue quien le disparó. 

La mujer le observaba fijamente mientras meditaba sus palabras. 

—¿Por qué cree, señor White, que está aquí esta noche? —inquirió.

El hombre no sabía muy bien cómo responder a aquella pregunta. Hacía tan solo unos días estaba en una prisión de máxima seguridad y, sin que le explicasen nada, le sacaron de su celda y le llevaron a ver a un médico en Nueva York. Al principio pensó que se trataba de algo normal, una rutina que seguían con todos los presos, pero, tras varias sesiones, le enviaron a la más reputada consulta psiquiátrica de Delaware. A pesar de que no le parecía demasiado normal todo lo que estaba pasando, decidió ir, pues parecía que, si lo hacía, se libraría de su condena. No sabía cómo, pero la prensa se había enterado de que iba a acudir allí y, para evitar un escándalo mayor y ocupar todas las portadas de los periódicos sensacionalistas, decidieron que acudiría a la cita a última hora, justo antes de cerrar. Eso era todo lo que sabía de los acontecimientos que habían sucedido en los últimos días. 

—Me enviaron aquí —respondió—, pero no sé el motivo. 

—¿Cuál era su anterior trabajo, señor White? —preguntó la doctora—. Antes de conocer a Walter Cheshi.

—Era policía en West Newbury, ¿por qué?

—Así que la noche en la que conoció a Walter Cheshi le acababan de echar del cuerpo de policía, ¿correcto? —Nate estaba atacando los últimos cabos.

—Sí, me habían echado del cuerpo —reconoció el señor White; aún le dolía recordar aquello.

—¿Sabe el motivo, señor White?

Otra pregunta a la que tampoco sabía cómo responder. Desde muy joven había querido ser policía y, con tan solo dieciocho años, consiguió entrar en el cuerpo. Durante más de diez años sirvió fielmente y defendió la seguridad ciudadana; siempre había sido un policía que había acatado todas las órdenes que recibía, pero todo cambió tras aquel incidente. Un fría mañana de noviembre se vio metido de lleno, junto con su compañero Rutter, en una persecución. Charles no estaba acostumbrado a conducir de esa manera, así que perdió el control del coche y se estrelló contra un árbol. Él pudo salir ileso, pero Rutter no corrió la misma suerte. 

Nadie culpó al agente White de la muerte de su compañero, pero él siempre sintió que era el responsable de lo ocurrido. Desde aquel día, Charles dejó de comer y cayó en una profunda depresión. Tuvieron que pasar varios meses hasta que pudo recuperarse y volver al trabajo, pero cuando lo hizo sintió que sus compañeros ya no le trataban como antes. Notaba que le miraban con odio, como si le culparan de lo que le ocurrió a Rutter. Pensó que, si se esforzaba, conseguiría que le perdonasen, pero no fue así. Por más que lo intentaba, no conseguía que el resto de policías se comportase de manera adecuada con él. Una noche, antes de terminar su ronda, el comisario le pidió que se reuniese con él en su despacho.

—¿Quería verme, comisario? —dijo Charles al entrar.

—Siéntese, agente White —le ordenó—, tengo algo que contarle. 

El hombre accedió a lo que le dijo su superior. 

—Verá, agente White, desde que se incorporó de nuevo le he notado muy cambiado. Entiendo que lo de Rutter le afectó más de la cuenta, pero creo que no está en condiciones de seguir en el cuerpo. 

Charles entró en cólera. ¿De verdad le estaban echando? No daba crédito a lo que oía. Enfurecido, dejó su placa en el escritorio del comisario y salió de allí antes de que su superior terminase de hablar. Fue esa misma noche cuando conoció a Walter Cheshi. 

—Me culparon de un incidente y me echaron —respondió el señor White. 

La doctora Nate anotó algo más en su ordenador. 

—Charles, ¿aún no se ha dado cuenta? —dijo centrando la atención de nuevo en su acompañante.

—¿Darme cuenta de qué? —inquirió el hombre.

—Walter Cheshi… es usted.

Aquello era una completa locura. El señor White conoció a Walter Cheshi cuando le echaron del cuerpo. Pasaron toda la noche bebiendo y hablando en aquel bar. Después, Walter le ayudó a conseguir empleo, le enseñó todo lo que sabía y le presentó a todos sus contactos.

—Eso es una locura —dijo el hombre.

—Piénselo, Charles. Piense en todas las veces que Walter Cheshi ha estado con usted. 

El señor White lo meditó un segundo. La noche en la que estuvieron en el bar, aunque los dos bebieron, cuando el camarero les trajo la cuenta solo les cobró la mitad de las bebidas. Además, Charles ya conocía a todos esos contactos que Cheshi le había presentado de su etapa en el cuerpo de policía; en esta ocasión no trataba con ellos con una placa en el pecho, sino que estaba en su mismo bando. La noche del asesinato de los directivos de Berthaster, cuando Walter desapareció y dejó allí su pistola, en realidad el arma que Charles vio en el suelo era la suya. Cuando quedaron con Beckford, el señor White recordaba a la perfección que era Walter el que condujo el coche hasta el centro comercial, pero también recordaba con todo lujo de detalles que, para bajarse del vehículo, salió por la puerta del conductor. Todo aquello era muy extraño.

—No puede ser… —dijo el señor White.

Comenzaba a verlo claro, pero no podía creerlo. No quería creerlo.

—Claro que puede ser, Charles —sentenció la doctora—. ¿Por qué cree que, tras seis meses en prisión, le dejaron salir? Solo querían que le diagnosticara para poder ingresarle en un hospital psiquiátrico.

—Usted es increíble, doctora —comenzó a decir Charles, que estaba poniéndose más y más nervioso—, ¿cree que con solo una hora de charla va a poder realizar un diagnóstico?

—Yo no he realizado ningún diagnóstico —respondió Nate—, eso ya lo hizo el psicólogo de la prisión que se reunía con usted todos los días. Usted acudió a una consulta en Nueva York y luego aquí únicamente para que el doctor que ha llevado su caso recibiese otras opiniones.

El señor White sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. 

—Lo que usted tiene —continuó la doctora Nate— es un trastorno de identidad disociativo, conocido popularmente como trastorno de personalidad múltiple. Es un trastorno que se caracteriza por la presencia de dos o más identidades dentro de una misma persona y que está relacionado con experiencias traumáticas. Comenzó a ver a Walter Cheshi cuando falleció su compañero y fue despedido del trabajo, antes no se le había aparecido.

Charles no podía creerlo. ¿Era cierto lo que oía?

—Además, Walter Cheshi no es más que un anagrama de su nombre, Charles White —añadió la mujer.

—¿Un anagrama? —inquirió el hombre.

—Sí, una palabra creada a partir de la reordenación de las letras de otra palabra. Su nombre, Charles White, y el de Walter Cheshi tienen exactamente las mismas letras, pero ordenadas de diferente manera. 

—No puede ser… —dijo Charles al tiempo que se levantaba de la silla.

Justo en ese instante entraron en la consulta dos policías y agarraron al señor White. 

—Creo que con esto ha sido suficiente, doctora —dijo uno de los agentes—, nos lo llevamos.

—¿Dónde me llevan? ¡Soltadme! —gritaba una y otra vez Charles mientras le sacaban de la consulta.

Cuando se quedó sola, la doctora Nate miró el reloj de su escritorio, que marcaba casi las once y cuarto de la noche. Apagó el monitor de su ordenador y suspiró hondo. Había sido un día muy largo y estaba deseando volver a casa.